Instagram: el engaño que ya no tiene filtro

De las portadas al espejo digital

Hubo un tiempo —no tan lejano, apenas una década atrás— en que las revistas de moda eran el villano más fácil de señalar.

Por Matías Guala (@matias_guala)

El dedo acusador apuntaba a esas portadas donde las modelos parecían de otro planeta: pieles sin poros, cinturas imposibles, sonrisas congeladas.
La palabra Photoshop se volvió sinónimo de trampa, de mentira visual.
“Todo retocado”, decíamos, con una mezcla de burla y alivio.


Nos reíamos de las celebridades que necesitaban un diseñador para parecer bellas. Nosotros, los mortales, aún conservábamos el consuelo de la autenticidad. Pero el tiempo, como siempre, tuvo otros planes. Acompañame en este viaje.

Por cierto, por acá podés escuchar la versión podcast de la nota:

Hoy cada uno lleva en el bolsillo una supercomputadora capaz de hacer en segundos lo que antes requería horas de edición. No necesitamos un diseñador gráfico: somos nuestro propio retocador, nuestro propio curador, nuestro propio publicista.

Las revistas ya no hacen falta, porque cada usuario tiene su propia tapa diaria: su perfil, su historia, su selfie perfectamente encuadrada.
Y el resultado es que el Photoshop dejó de ser un escándalo para convertirse en costumbre.

Nos acostumbramos a mirarnos filtrados, corregidos, suavizados.
A tal punto que muchas personas, al verse sin filtro, sienten incomodidad.
“¿Así soy yo?”, se preguntan.
Y la respuesta, aunque duela, es sí.
Solo que nos habíamos olvidado.


El filtro como aspiración

Los filtros nacieron como un juego: un toque para dar calidez, un tono nostálgico, un virado sepia que imitaba las cámaras de nuestros padres.
Pero con el tiempo mutaron.
De herramienta estética pasaron a ser un molde social.

El filtro dejó de embellecer: empezó a definir quién encajaba y quién no.

Hoy los filtros hacen más que borrar una arruga o disimular una ojera: diseñan una versión alternativa de uno mismo.
Una donde los ojos son un poco más grandes, la nariz más pequeña, la sonrisa más blanca, la piel más pareja.
Pequeños ajustes que, repetidos cada día, terminan alterando la percepción propia.

Y entonces el filtro ya no es una herramienta, sino una aspiración.
Nos filtramos para gustar, pero terminamos pareciéndonos todos.
La belleza se volvió un algoritmo: uniforme, predecible, higiénica.

La paradoja es que en las redes todos dicen buscar autenticidad, pero los perfiles más seguidos son los más irreales: cuerpos imposibles, sonrisas sin cansancio, vidas sin sombra.
El mensaje que flota entre las historias es claro: ser real no alcanza.


BeReal: la revolución que no pudo ser

Y entonces apareció BeReal, una red social con una idea tan simple como brillante: mostrarte tal cual sos, en el momento exacto en que sos.

Una vez al día, a una hora aleatoria, la app pedía una foto doble:
una con la cámara frontal —tu cara, sin tiempo de preparar nada— y otra con la cámara trasera —el lugar donde estabas.

Nada de poses, nada de filtros, nada de repeticiones.
Solo vos, en tu contexto.
Podías estar en pijama, en la oficina, en el colectivo o caminando bajo la lluvia.
La promesa era autenticidad sin aviso previo.

Durante las primeras semanas, la idea entusiasmó.
Se llenaron las redes de comentarios esperanzados:
“Por fin una red sin mentira”, “Por fin vamos a mostrarnos como somos”.

Pero la magia duró poco.

Con el tiempo, las notificaciones empezaron a ignorarse.
No porque la app fallara: porque la realidad no genera likes.
Nadie quiere ver a alguien en el trabajo mirando una pantalla.
Nadie comenta una imagen sin glamour.

La red que quería humanizar la imagen murió víctima del mismo virus que intentaba curar: la indiferencia hacia lo real.

BeReal fue un espejo demasiado honesto para una sociedad que aprendió a posar incluso cuando sufre.
Nos recordó algo incómodo: la vida cotidiana, sin adornos, no es instagrameable.


Murmúrame: cuando la voz quiso reemplazar la imagen

Mucho antes del auge de las apps de citas con algoritmos, existió una plataforma pequeña, casi olvidada, llamada Murmúrame.
Su propuesta era revolucionaria: conocer personas sin mostrar una sola foto.

En lugar de imágenes, cada usuario subía grabaciones de voz o pequeños textos: frases, pensamientos, reflexiones.
Una red de palabras y sonidos, no de cuerpos.
Una especie de carta digital que privilegiaba el contenido sobre la apariencia.

Y claro, fracasó.

La mayoría de los usuarios la abandonó rápidamente.
Las críticas se repetían: “no hay conexión”, “no me imagino al otro”, “necesito ver una cara”.

El experimento terminó demostrando lo que nadie quería admitir: la atracción visual pesa más que la curiosidad humana.

En el fondo, lo que nos enamora en las redes no es una persona, sino una proyección visual de deseo.
Una versión idealizada que se adapta a nuestras expectativas y que desaparece al primer encuentro real.

Murmúrame fue una red adelantada a su tiempo y, por eso mismo, imposible.
Pedía demasiado de una generación acostumbrada a que el amor entre por los ojos… y por los filtros.


El espejismo del mundo perfecto

Si algo aprendimos con los años, es que las redes funcionan como un escenario colectivo:
una obra donde cada uno interpreta su mejor papel —el viajero, el emprendedor, el amigo divertido, la pareja feliz—.

Las fotos del Caribe no muestran la deuda en cuotas.
Las cenas perfectas no cuentan los silencios entre plato y plato.
Las selfies sonrientes no revelan las discusiones previas ni el cansancio posterior.

Una pareja puede estar a dos semanas de separarse y seguir publicando stories de “vida ideal”.
Un influencer puede hablar de bienestar mientras pelea con la ansiedad en silencio.
Y lo más irónico: quienes consumen esas imágenes no las creen del todo, pero igual las envidian.

Vivimos en la era de la comparación permanente.
Ya no basta con vivir algo: hay que demostrar que se vivió.
Si no hay foto, no existió.
Si no hay video, no fue real.

La reunión con amigos se interrumpe para “la foto del grupo”.
Después cada uno se sumerge en su celular para editarla, filtrarla, subirla.
La juntada duró tres horas, pero el recuerdo que queda es la imagen que mejor salió.

Nos transformamos en archivistas de nuestras propias vidas:
curadores de una felicidad que se edita en tiempo real.


El filtro invisible

Los smartphones de gama alta traen algo más poderoso que una cámara: una interpretación de lo que es “bello”.
Ya no aplican un filtro después de sacar la foto; lo hacen antes.

Detectan rostros, suavizan piel, corrigen color, ajustan luz, y te muestran una versión optimizada antes de que vos te veas.

La tecnología aprendió a mentir por nosotros, y lo hace tan bien que ni siquiera lo notamos.

Hay algo inquietante en esa inteligencia artificial que “mejora” nuestra cara en tiempo real.
Porque lo que está en juego ya no es la imagen, sino la identidad.
Si una cámara decide cómo te ves, ¿quién decide quién sos?

La frontera entre lo real y lo filtrado se volvió invisible.
Quizás por eso los filtros ya no se quitan: se incorporan.
Vivimos dentro de ellos.

El verdadero filtro hoy no está en la app, sino en la manera en que aprendimos a mirar.


El filtro como metáfora

Los filtros no solo alteran la luz o los colores: alteran la verdad.
Nos enseñan a desconfiar de lo imperfecto, a corregir lo humano, a recortar lo que no encaja.

Sin darnos cuenta, dejamos fuera de cuadro todo lo que nos hace reales:
las ojeras de no dormir, las arrugas de reírse, el pelo desordenado, la sombra de la tristeza.
Todo eso que alguna vez definió a una persona ahora se borra con un desliz de dedo.

Cada día pasa un poco menos de nosotros por el embudo del filtro.
Lo que queda afuera —eso que no mostramos— es precisamente lo que más nos define.
Pero lo dejamos ir, convencidos de que el mundo no quiere ver verdad, sino vernos bien.

Nos miramos a través de una máscara que promete aceptación instantánea.
Y esa aceptación —la del algoritmo, la del corazóncito rojo— se vuelve más importante que la de quienes realmente nos rodean.

El filtro deja de ser una herramienta estética y se convierte en una prótesis emocional.
Nos sostiene, nos protege, nos edita.
Nos evita el rechazo, pero también nos priva de la verdad.

Quizás el verdadero engaño no sea el filtro que nos mejora, sino el que nos convence de que sin él no valemos la pena.


Epílogo — La mentira como estándar

En algún punto, lo artificial dejó de parecer falso y lo natural empezó a verse fuera de lugar.
Las cámaras nos devuelven versiones tan perfectas que lo real, comparado, se siente torpe, apagado.

Y entonces volvemos al filtro.
A la corrección.
A la sonrisa exacta.

No para mentir: porque la mentira se volvió el estándar visual del mundo.
Y en ese mundo, mostrarse sin filtro es casi un acto de rebeldía.

Tal vez la pregunta no sea cómo salimos de este ciclo, sino si realmente queremos salir.
Porque la verdad —la que no tiene filtro, la que no siempre es linda— no da likes.
Pero sigue siendo lo único que puede salvarnos de desaparecer detrás de nuestra propia imagen.

Y por eso, para dejarlo claro, este texto no es una renuncia ni una acusación contra Instagram ni contra las redes, ni contra quienes las usamos.
Es simplemente un intento de recordarnos que todavía podemos elegir mostrarnos sin guion.
Que entre tanto filtro aún existe la posibilidad de ser reales.

De vez en cuando, subir algo BeReal —sin aviso, sin retoques, sin cálculo— solo para no olvidar cómo se ve la verdad cuando no pasa por un embudo digital.

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Matías Guala (@matias_guala)

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